Un filósofo del humor (3)

Cartas al Director

Confieso que pocas veces me he sentido tan conmovido por una noticia necrológica. Avanzando por las primeras páginas de EL UNIVERSO del martes 30 de octubre, leí que quien escribía la media página semanal como Tomás de Pelo, y se llamaba Marcelo Marchán, ha muerto a sus solo 62 años. Y en las páginas editoriales hallé un espacio como el suyo de los sábados, en blanco; triste anuncio de que no habrá más ‘Llorar al Revés’.

Pienso que, salvo los casos en que la sangre irrumpe desde lo profundo, en el dolor que nos produce la partida de alguien hay un componente pequeño, o menos pequeño, de egoísmo. Con esa partida hemos perdido algo. Con la partida de Tomás del Pelo mis sábados han perdido algo. En horas turbias de dictaduras fascistoides el humor crítico es como una bocanada de oxígeno. Esa que la vida avara le ha negado a Marcelo. 

Al abrir las puertas de la Academia Ecuatoriana de la Lengua a un humorista, Simón Espinosa, recordé que la Real Academia Española lo había hecho con Mingote, y me atreví a pensar en voz alta que aquello era un homenaje a La Codorniz que en pleno franquismo se reía de la dictadura y hacía fina burla de las hipocresías del conservadurismo reinante.

Tomás del Pelo se reía y nos arrastraba en su risa, de abusos, inmoralidades, ambigüedades y más turbiedades del régimen que padecemos. No decía cosas que no supiésemos –como sucede con varias de las columnas de Justicia Infinita–; su autor no debía ser hombre de corrillos y chismeaderos políticos. Se reía de lo que todos conocíamos, de lo que era vox pópuli, aunque esta voz –como todas las manifestaciones rebeldes e inconformes del pueblo– estuviese silenciada por variada suerte de amedrentamientos.

Cada sábado yo iba a la media página de ‘Llorar al Revés’ esperando ser sorprendido con una nueva ingeniosa serie: “Las nuevas tarjetas de crédito que muy pronto circularán”, “Señalética de tránsito que se identifica con nuestros conductores políticos”, “Diario íntimo de Julián Assange desde su reclusión diplomática”; la serie de “Anuncios clasificados” de “Alquilo suite en Londres”, “Vendo carro del 69 y plasma de 50”; “Informe secreto de curiosidades detectadas por el Curiosity”, “Las cinco etiquetas que se le olvidaron al Gobierno”, “Vayas donde vayas, te juro que nunca jamás verás estas vallas”, “Lucio, Acosta, Lasso y Correa se las juegan con el deporte”...

La sal quiteña acaso nos pareciese, al menos a los quiteños, más fina y sutil que de la de Tomás del Pelo, y seguramente muchos de sus chistes ofendían a oídos pudibundos y, por supuesto, a los majestuosos de su majestad. 

Y no rehuía la mala palabra, esas expresivas palabras irreemplazables cuando las ordinarias suenan casi bobas. En la serie de los “Anuncios clasificados” puso uno sobre “Clases de castellano”, que era así: “Necesito contratar profesor para clases de castellano básico a dama australiana.

La enseñanza puede obviar la sintaxis y la morfología, pero, obligatoriamente, centrarse en el significado de las palabras, a efecto de que la alumna no vuelva a llamar “dictador” a nuestro presidente ni “perros” a potencias extranjeras; y, en fin, para que no vuelva a decir pendejadas”. ¿Qué habría sido del anuncio sin ese sonoro “pendejadas”? 

Y este mismo pasaje nos recuerda, por aquello de “obviar la sintaxis y la morfología”, que nuestro humorista escribía un español pulcro. Solía introducir cada una de esas series humorísticas, por breve texto en que lucía un pensamiento exacto en un lenguaje no menos exacto, como para decirle al lector: no pienses que por alguna vulgaridad de mis humoradas, no soy tan serio como el que más. Aun entonces había humor en el trasfondo, en cierta fina segunda intención. (No hace falta advertir todo lo serio que es el humor, el auténtico, el grande, el libre, el de Cervantes y Quevedo).

Después ya era ese humor desenfadado con el que disfruta el guayaquileño en casos, ese del que solo puede disfrutar cuando no hay a la vista damas refinadas ni, por supuesto, escuchas del gobierno. 

En Quito también lo disfrutábamos y nos emocionaba que se alzase una voz crítica indomable, en medio de un silencio como de cementerio. 

Mi más sentido pésame a EL UNIVERSO y a todos los ecuatorianos que aún conservan el sentido de humor.

Hernán Rodríguez Castelo,
doctor, miembro de las Academias de la Lengua y de Historia del Ecuador, Quito


Fuente:  http://www.eluniverso.com/2012/11/03/1/1366/un-filosofo-humor.html