Alejandro Pappo festeja el día del amigo


Viernes 20 de julio, son las ocho y cuarto de la noche. Estoy en el taller preparando el fuego sobre el capot de un Chevrolet 400 para hacerle un asado a los pibes: al Rata y al Lisandro. De fondo, como cada año desde el ’69, suena Good times, bad times de Zeppelin.

Mientras atizo el fuego y John Bonham le da con todo a los platillos, reflexiono sobre el significado de la amistad en estos tiempos de tantas redes sociales, de tanto abrazo virtual, de tanto amigo desconocido, y llego a la conclusión de que hay mucho caretaje por todos lados. Si hasta me los puedo imaginar, cuántos que ni se pueden mirar a los ojos, repitiendo, con la inercia que brinda nuestra forma de vida, “¡Feliz día!” por una de esas pantallas magnéticas. Cuántos, sólo porque en el laburo se juntan “a festejar”, levantan sus vasos repletos de algún brebaje y chocan sus recipientes, y dicen, con la misma liviandad con la que se atan los cordones de las zapatillas, “¡Feliz día!” y tragan el contenido, y se olvidan, ¿o es que no quieren recordar?, la cantidad de veces que ese mismo tipo o esa misma mina que está en frente los cagó, pero lo aguantan sólo porque se juntan “a festejar”, o en realidad habría que decir a recordar, a recordar la llegada del hombre a la luna, y eso, para muchos, eso es el día del amigo.

Sin embargo yo también festejo y también recuerdo algo. Aquel 20 de junio de 1969 estaba en casa leyendo apasionadamente Tom Sowyer de Marck Twain, como solía hacer con un disco de fondo; eran unos pibes llamados Led Zeppelin, una bandita inglesa que prometía bastante. Estaba en el capítulo 18, lo recuerdo bien, justo en la parte en que la tormenta se empecina en destruir todo lo que hay en la isla donde los tres amigos se van a vivir sus aventuras de piratas, hartos del desprecio y del abandono de la sociedad, cuando escucho un piedrazo en la ventana. Era la contraseña del Rata y el Lisandro.

Caminamos por las calles desiertas y oscuras de La Paternal, ni los ratis estaban afuera. Todo el mundo metido en su casa, frente a la caja de madera con esa pantalla engarzada, a la que era imposible dejar de mirar, y donde una joven Mónica Cahen D’Anvers, antes de que César Masetti le lleve a la cama sus primeras naranjas exprimidas, relataba en vivo y directo desde Cabo Cañaveral las alternativas del alunizaje. Dicidimos que esa noche sería la venganza.

Llegamos al baldío donde solíamos a jugar a la pelota, y vimos desde afuera que el viejo Chazarreta también miraba hipnotizado la televisión en el comedor de la casa. Toda pelota que caía en su terreno volvía al baldío pinchada, esa era la marca indeleble del viejo malicioso, y era también una especie de pacto al que no habíamos adherido pero al que acatábamos como Tom Sowyer soportaba los castigos de su maestro cada vez que se mandaba alguna. Hicimos bolsita con la parte de abajo del buzo, como quien quiere en una piñata agarrarse todos los caramelos, y la llenamos de piedras. Refugiados en la oscuridad del baldío, esperamos un momento sólo para darle suspenso a la cosa, y de repente empezaron a llover las piedras sobre la ventana del viejo, y los vidrios se rompieron, y el viejo salió a gritar, indignado, pero nosotros ya estábamos a varias cuadras a salvo, en casa. Alguien golpea la puerta, abro. Son el Rata y el Lisandro que vienen cada uno con un Fernet bajo el brazo y me dicen: “¡Feliz día, Alejandro!”