“Mayor felicidad hay en dar que en recibir”

Armando de la Torre

Pensamiento inspirado en el Evangelio (Hechos, 20:35).

Muchas veces me he preguntado su por qué. Al ensayar una respuesta, siempre procuro tener en cuenta que la verdad de ese aserto nos llega de un “reino que no es de este mundo” en el que, por el contrario, se cree por muchos que recibir da más gozo que el dar.

Pero he pasado por experiencias muy humanas que me sugieren que la invitación evangélica a dar antes que a recibir no deja de ser válida en otros campos muy de este mundo. He podido ver, por ejemplo, que entre los numerosos exiliados cubanos en España (un cuarto de millón), aquellos que habían nacido en la Madre Patria porque fueron llevados a Cuba de niños o adolescentes por sus padres, emigrantes españoles, mostraban un dolor mucho más profundo a su retorno que sus propios hijos y nietos criollos nacidos en la isla. Forzados por la dictadura de los hermanos Castro a dejar la opulencia que tanto les había costado erigir durante los primeros sesenta años del siglo, les resultaba casi imposible adaptarse a España con la facilidad y rapidez de sus descendientes que, sin embargo, nunca antes la habían conocido.

Lo mismo he constatado en otras minorías étnicas (chinos, coreanos, rusos, húngaros, alemanes, italianos) con las que me he cruzado durante sus exilios respectivos. Todos terminan por ser más patriotas que los nativos a quienes la patria les llegó del cielo.

Se me ha hecho así evidente que nada arraiga tanto a un hombre a un terruño determinado que el haber invertido en él mucho de sí mismo. Y urgido de nuevo a emigrar, nada le golpea tan dolorosamente como verse desprendido de los frutos de su cosecha de esfuerzos y fatigas y regresar a su país de origen con las manos vacías, o sea, tras ver anulado lo mejor de su existencia por el capricho despótico de otro.

Esto lo podría hacer extensivo a los heroicos misioneros religiosos en tierras remotas, una vez que sienten haber cumplido con ese llamado, al igual que los pioneros en cualquier aventura riesgosa.

Conclusión: nuestro apego es a lo que nos cuesta. De lo gratuito, o de lo fácil, en cambio, prescindimos con ligereza.

De ahí que encuentre tan insensato eso que Álvaro Colom llama su “obra social”, esto es, el programa improvisado por su esposa, Sandra, de acumular dádivas a potenciales clientes al corto plazo de un culto hacia su persona, encima, al costo de las prioridades presupuestarias consensuadas democráticamente en el Congreso de la República. Ignora que a mediano plazo los clientes así comprados suelen mostrarse de una lealtad muy dudosa.

Como me lo acaba hacer recordar un amigo, vía internet, en palabras del Dr. Adrián Rogers, todo lo que una persona recibe sin haber trabajado para obtenerlo, otra persona deberá haber trabajado para ello, pero sin recibirlo. El Gobierno no puede entregar nada a alguien, si antes no se lo ha quitado a alguna otra persona. Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien les quitará lo que han logrado con su esfuerzo, eso... mi querido amigo... es el final de cualquier nación.

Los “amigos”, por lo tanto, que los políticos creen haber comprado por el extremo de lo gratis los pierden por el otro de lo que cuesta, como lo comprueba la historia universal de las veleidades de la opinión pública.

Jamás se ha oído de una gran civilización que se haya hecho próspera a base de limosnas, tampoco a base de pan y circo. Recurrir a regalos tarde o temprano se revierte en contra de esos irresponsables que se empeñan en repartir aun antes de haber producido.

Lo más triste es que al largo plazo todos acabamos por perder.

O como hubiera comentado un romano de la República en torno a ese desatino: “La corrupción de lo mejor”-en este caso la generosidad- “es lo peor”.

Artículo publicado en el diario guatemalteco "Siglo XXI", el día domingo 30 de enero 2011.