¡Arriba el divisionismo! (1)

Karen Cancinos

La disensión, el desacuerdo, es una buena cosa… hasta que el estado se inmiscuye.

A menudo escucho que somos un país “muy dividido”. Concuerdo con esa afirmación, y no me parece algo pernicioso, al contrario.

Provengo de un pueblo, en realidad son dos (San Marcos y San Pedro Sacatepéquez, SM), lugar en tiempos muy tranquilo y pintoresco. Ha cambiado mucho, como todos los del país, y para mi disgusto ha adquirido la problemática propia de una urbe sin convertirse en una: problemas de infraestructura vial, de alcantarillado y de tratamiento de desechos, en fin. Pero una cosa no ha variado: la “división” entre marquenses y sampedranos, tan marcada y arraigada que la rivalidad entre ambos pueblos se ha convertido ya en una tradición folclórica. Algo muy gracioso en verdad, si se toma en cuenta que alguien que no es oriundo de allá no distingue dónde termina uno y dónde comienza el otro, y si vamos a nuestro aspecto físico, nadie sabría decir quién es de San Marcos y quién de San Pedro.

Me parece, asimismo, que casi todos tenemos en nuestras familias una “división” de cualquier clase en algún momento de la vida. A veces la tal división puede ser permanente, o incluso transmitida de generación en generación. Puede ir de algo bastante banal, del tipo mamá-detesta-la-comida-china-mientras-papá-desfallece-por-ella, hasta algo más considerable, como cuando se casan personas que profesan religiones distintas, o cuando uno de los cónyuges es creyente mientras que el otro no, pongo por caso. ¿O qué me dicen de las divisiones ocasionadas por suscribir ideologías políticas diferentes? Todos hemos sabido de familias en las que se suscitan acaloradas discusiones sobre si el político X es una maravilla justiciera o un engendro diabólico, o si la política Y es una dama honrada o una vampira decidida a todo.

¿Qué ocurre que después de esas discusiones dominicales, a veces regadas con líquidos que no son precisamente los caen del cielo, la gente sigue queriéndose y ayudándose, aun si le parece cargante el cuñado rojillo o pedante la suegra neoliberal? ¿Por qué nuestros amigos siguen siéndolo aun si les parece que Shakira es lo mejor que nos ha ocurrido a los iberoamericanos, cuando nosotros pensamos que se ha vulgarizado cada vez más en su apariencia y sus canciones en los últimos años? ¿A qué se debe que sigamos cayéndonos bien y colaborando en emprendimientos conjuntos en oficinas, fábricas y aulas, aun cuando unos mueren por el reguetón que otros encontramos sencillamente horroroso, con la excepción quizá de Pobre diabla y Lo que pasó, pasó…? Y quien dice reguetón dice también mariachis, bachata o música barroca, cine o cotilleos de farándula.

Qué divididos estamos. Una muy buena cosa. Porque “división” significa diversidad, vida, riqueza, bienestar. Significa que nuestra familia, amigos, colegas y vecinos son eso, no nuestros clones.

Sin embargo, ahora integremos al estado en la ecuación: imagine que toca a funcionarios estatales decidir si Juanes es mejor artista que Chayanne. Promoverán a quien “gane” según su juicio, y prohibirán que se toque la música del que “pierda”. ¿Qué ocurrirá con los fans de ambos? Estarán “divididos”, eso es seguro, pero no del modo sano en que lo están cuando el estado no se inmiscuye en sus preferencias musicales.

Es el estado, no la disensión entre las personas, el germen de los conflictos.

Continuará.

Artículo publicado en el diario guatemalteco "Siglo XXI", el día viernes 29 de enero 2011.