Una feminista distinta y de primera


Nuestro lugar, como mujeres, es a la par del hombre: no somos inferiores ni superiores. Pero somos seres únicos.

Carroll Ríos de Rodríguez

Jutta Burggraf falleció en Pamplona hace unos días, tras luchar tenazmente contra una enfermedad terminal. Lucen pocos sus 58 años de vida, a pesar de que los aprovechó al máximo, produciendo 20 libros propios y contribuyendo a otros 70 libros más. Su excelente trabajo como autora y docente, le mereció reconocimiento internacional. Por ejemplo, Su Santidad Juan Pablo II la invitó a participar como perito en La vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, un Sínodo Ordinario de los Obispos celebrado en Roma en 1987. Dictó conferencias en muchos países alrededor del mundo y, en el 2004, visitó Guatemala, por invitación del Instituto Femenino de Estudios Superiores (IFES).

Jutta Burggraf nació en Hildesheim, Alemania, en 1952. Obtuvo dos doctorados; el primero, en Psicopedagogía por la Universidad de Colonia, en 1979, y el segundo, en Teología por la Universidad de Navarra, en 1984. Se inició en la docencia en 1989 en el Instituto Académico Internacional de Kerkrade, Países Bajos; diez años más tarde se trasladó a la Universidad de Navarra, donde laboró en el departamento de Teología Dogmática. El director del departamento, César Izquierdo, recuerda su calidad humana; era colaboradora y comprensiva.

Algunos de sus libros más conocidos son Vivir y convivir en una sociedad multicultural, Una perspectiva cristiana en un mundo secularizado, Teología Fundamental, Conocerse y comprenderse y Libertad vivida: con la fuerza de la fe.

Me gusta recordar a Jutta Burggraf como la promotora de un nuevo feminismo, un feminismo realista y congruente con las exigencias de la vida moderna, que no pelea con la naturaleza humana. Un concepto noble que la mayoría de mujeres puede suscribir sin titubeos. Ella misma tilda de “radical” su propuesta en Hacia un nuevo feminismo para el Siglo XXI (Promesa, 2001).

La base de este nuevo feminismo es resaltar el “idéntico valor” de los sexos, al tiempo que acepta que la equiparación en derechos del hombre y la mujer no equivale a una igualdad arrasadora. Algunos feminismos intentaron borrar toda distinción entre los sexos, llegando a negar las diferencias biológicas y psíquicas entre mujer y varón. Burggraf dice que es posible conseguir “la equivalencia de lo diferente”. Gozamos de la misma dignidad, el mismo valor.
Nuestro lugar, como mujeres, es a la par del hombre: no somos inferiores ni superiores. Pero somos seres únicos. “Cada persona tiene su propia manera irrepetible de ser varón o mujer. Cada mujer se distingue, por supuesto, no sólo de los varones, sino también de todas las demás mujeres”.

Visto así, la maternidad no es una condena abominable, tal y como la veían Simone de Beauvoir y Shulamith Firestone: muchas mujeres desean ser madres. Pueden serlo y aportar a la sociedad por medio de un trabajo profesional. El feminismo de Burggraf es una puerta abierta que respeta la libertad personal. Abre el abanico de opciones en lugar de reducirlo. Suma, no resta. Es conciliador, no combativo. ¡Gracias, Jutta, por su defensa incansable de la mujer y la familia!

Artículo publicado en el diario guatemalteco "Siglo XXI", el día miércoles 17 de noviembre 2010.