Lecciones desde Colombia (II)


... en mi opinión, es lo que más ha debilitado a las “narcoguerrillas” en este país. El Estado, legítimo, ha prevalecido.


Estuardo Zapeta


Y habiendo enumerado algunas lecciones en mi artículo anterior, creo que el gran aprendizaje que Colombia nos puede dar, dadas circunstancias muy parecidas frente a las “amenazas emergentes y amenazas presentes”, deberá ser siempre el estilo de Liderazgo ejercido por sus élites.

Apelo aquí a la propuesta de Carlos Alberto Montaner acerca de las “Élites Fallidas en América Latina”, y las consecuencias de ese fallo sobre el liderazgo nacional y regional, y creo que países como Colombia, Chile o Brasil mismo pueden ejemplificar los puntos de Montaner, y, para más señas, Venezuela sería el ejemplo inverso que de igual manera observa el cubano autor.

Si bien podría vulgarizarse el Liderazgo inicialmente como una percepción, esa descripción no es suficiente, por el simple hecho que una “percepción” no obtiene resultados y se desmorona fácilmente frente a la realidad social. De ahí que el “estilo” de Liderazgo sí hace la gran diferencia, esto es, Liderazgo efectivo. Para más señas, lo llamaré “Liderazgo Transformacional”.

Opuesto a los “liderazgos carismáticos”, clásicos del populismo latinoamericano, mi observación es que en este país el Liderazgo “legítimo” no sólo “transformó” la percepción ciudadana, sino que “comunicó” eficientemente la “visión” de la “Seguridad Democrática”.

Fue el ex presidente Uribe quien sigue con un alto rating de aprobación, el cual envidiarían aun los más populistas de la región, quien propagó y legitimó la “Visión a los seguidores”.
Liderazgo, aclaro, es el proceso y la relación entre líderes y seguidores que tienen una visión común, legítima, y que la comunican eficientemente y la transforman en misión, y ésta en estrategias y tácticas, para lograr los objetivos de una situación de cambio.

Rudimentaria, si usted quiere, mi definición de Liderazgo, pero no son suficientes “las personas” sin una visión, y viceversa, o –el fracaso más grande, y les puedo citar ejemplos cercanos—es tener todos los ingredientes menos la capacidad de comunicar e inspirar a los seguidores.

No hay Liderazgos absolutos, acoto, pues eso ni los tiranos más grandes lo han logrados. Y por eso es que se hacen necesarios dos ingredientes fundamentales: uno, la capacidad de acuerdos –que no son “consensos” necesariamente—mínimos; y, dos, la legitimación de esos “acuerdos” frente al pueblo, frente a las instituciones y frente a los equipos que comparten el Liderazgo.

No es difícil escuchar aquí en Colombia a los representantes de las instituciones, sean estatales o privadas, que son parte de algún “acuerdo”, sea militar, comercial, académico, industrial, o de cualquier índole, y que tienen identificados a quienes van al frente de esos “acuerdos”, por mínimos que sean, y que reconocen la legitimidad de las acciones y del rumbo. Eso, en mi opinión, es lo que más ha debilitado a las “narcoguerrillas” en este país. El Estado, legítimo, ha prevalecido.

Que este es un país perfecto, pues no, ya que tiene grandes retos como la lucha contra la pobreza, contra los “narcoterroristas”, alejarse urgentemente del listado de Estados Fallidos, elevar su IDH. País perfecto no, bello sí, y mucho, con un gran futuro por delante que sólo ellas y ellos, nadie más, hará brillar, tanto como el oro, las esmeraldas o el “tinto” (café) que con gran orgullo presentan al mundo. Colombia puede ser para Guatemala un espejo y un ejemplo.

Artículo publicado en el diario guatemalteco "Siglo XXI", el día martes 23 de noviembre 2010.