El futuro religioso del hombre (XVI)


Con el cristianismo se inauguró el “voluntariado” social, del todo ausente en la cultura clásica.

Armando de la Torre


El tiempo, una abstracción, jamás discurre en vano por los hechos concretos. Al fin y al cabo, no es otra cosa que la medida de lo que cambia según lo veamos en cuanto “antes” o “después” (Aristóteles).

De ahí que el “Padre de todos los creyentes”, Abraham, casi dos mil años atrás, fuera un recipiendario del mensaje divino muy diferente del Moisés del Éxodo, no menos creyente, de seis siglos después. El primero, patriarca nomádico, todavía creía en la existencia de otros dioses tribales además del Yahvé que le era propio; el segundo, en cambio, monoteísta a ultranza, los abominaba y condenó a la extinción.

Siglos más tarde, los grandes profetas cercanos al tiempo del Exilio babilónico, Isaías, por ejemplo, o Ezequiel (contemporáneos de Confucio y Lao Tsé y de los primeros balbuceos filosóficos de los griegos en Jonia), ya mostraban rasgos de un individualismo inédito hasta entonces, que nos dejaron testimonios de una vida personal interior, presagio de la de los cristianos.

Lo trinitario de la fe enriqueció a su turno (o lo complicó, a los ojos de otros) tal tradición espiritual, desde entonces sin paralelo. Jesús de Nazaret fue el verdadero divisor de las aguas dentro de la tradición semita. Desde Él, la cultura urbana del Occidente, a la medida en que lo haya emulado en el don de sí mismo, terminó por cambiar de raíz.

Su arista más cortante, tal vez, le haya sido lo que ahora llamamos “conciencia de lo social”, tan apasionadamente anticipada por los viejos profetas de Israel a partir de su elaboración del concepto nomádico de la “justicia”.

Con el cristianismo se inauguró el “voluntariado” social, del todo ausente en la cultura clásica.
No puedo imaginar un futuro a la fe sin esa elemental solidaridad. Porque “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Llegados a ese extremo, habríamos de protegernos contra ese sentimentalismo semi “romántico” que hace equivalentes el amor y el deseo, con exclusión de la voluntad.

“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”. Al estilo de aquel samaritano que hoy llamamos “bueno”.

Igual resonará para creyentes, agnósticos y ateos de buena voluntad esa conmovedora “contabilidad” que nos anuncia el Mesías: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Hecho así el multiplicador del grito de Isaías “…harto estoy, dice Yahvé, de holocaustos de carneros… Aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda”.

En semejante espíritu, la llamada “doctrina social de la iglesia” lo hizo extensivo, por boca del atormentado Pablo VI, en su tan debatida Populorum progressio, a las sociedades opulentas de compartir sus logros acumulados con las menos afortunadas.

Es lo que entiendo por el liberalismo del creyente: De aquel aun cuando nunca acepta imposición alguna por la fuerza y sí comparte voluntariamente de lo suyo. Como lo recogió Juan Pablo II en su encíclica Centésimus Annus, 42: “Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, esta respuesta ciertamente es positiva”.

La demasiado lenta alfabetización de las sociedades contemporáneas en estas luces evangélicas se podrá consolidar, así lo espero, hasta en esos mundos fantásticos de ciudades espaciales (o al fondo de los océanos), o aun bajo los hielos de algún satélite de Júpiter, como nos prometen los más osados entre los soñadores de la NASA.

Artículo publicado en el diario guatemalteco "Siglo XXI", el día domingo 21 de noviembre 2010.