La gran reconstrucción


Parece que las lluvias, finalmente, terminaron, y ahora toca reconstruir. La comunidad internacional y sus bancos están prestos a mostrar su solidaridad. “Nada más hace falta que los guatemaltecos aporten lo que les corresponde, para lo cual será necesario aumentar los impuestos” —aducen embajadores y economistas invitados.


JOSÉ RAÚL GONZÁLEZ MERLO

Música para los oídos del gobierno, que aprovecha para anunciar otra “reforma tributaria integral”.

El reto más grande para la reconstrucción de Guatemala no es la existencia o inexistencia de fondos para llevarla a cabo, sino la capacidad o incapacidad de gestión para realizar los trabajos que se necesitan. Y, de preferencia, que los mismos sean de calidad razonable. Desde tiempos del Mitch, Stan y ahora Ágatha, junto con otras depresiones tropicales, los diferentes gobiernos han utilizado donaciones y fondos del presupuesto nacional para reconstruir lo dañado. En algunos casos, obras recién inauguradas son nuevamente destruidas por el siguiente fenómeno meteorológico. Tal fue el caso de varios puentes y carreteras perdidas en este año. La calidad del trabajo y diseño es importante, si no queremos caer en tener infraestructura “desechable” con cinco años de vida a precio de cien años.

Lamentablemente, el énfasis de las declaraciones en torno a la conferencia de reconstrucción que el Gobierno organizó fue únicamente del lado de la escasez de fondos. En particular, las representaciones de España y del Banco Mundial pusieron todo el énfasis en la carga tributaria de Guatemala y que lo importante, para ellos, es que se aumenten los impuestos. Es una pena, para ciudadanos españoles y guatemaltecos, que la diplomacia deje de lado aspectos crónicos en nuestra administración pública. La corrupción en esta y las anteriores administraciones no solo han provocado la pérdida de valiosos y escasos fondos públicos, sino que ha facilitado que algunas de las obras entregadas sean de tan mala calidad que es mejor demolerlas e iniciar el trabajo de nuevo.

Así que, como dice el refrán, “a Dios rogando y con el mazo dando”. Lo menos que deberían exigir los representantes de gobiernos extranjeros, de cara a sus propios tributarios, es que el dinero que ellos nos regalen sea usado de forma eficiente. Claro, sería poco diplomático señalar públicamente este secreto a voces. Pero sería más honesto, y los ciudadanos guatemaltecos veríamos con menor escepticismo su “solidaridad” que, por el momento, viene amarrada de un aumento de impuestos.

No es lo mismo que un país rico done a un país pobre y los fondos sean malgastados a que la poca riqueza que se produce en un país sea confiscada con impuestos y sea malgastada. Los países ricos se pueden dar el lujo de desperdiciar sus recursos. Los países pobres no.


Artículo publicado en el diario guatemalteco "Prensa Libre", el día martes 19 de octubre 2010.