Generación revolucionaria


Hoy volvemos la vista hacia nuestros jóvenes llenos de promesa, protagonistas de una nueva dinámica social.

Carroll Ríos de Rodríguez

La Guatemala de los años cuarenta puso su esperanza en los jóvenes de entonces. Y aunque las masivas manifestaciones de 1944 constituyeron un detonante histórico, seguimos anhelando un despegue: paz, libertad, prosperidad y un clima propicio para el florecimiento humano. Hoy volvemos la vista hacia nuestros jóvenes llenos de promesa, evidentes protagonistas de una nueva dinámica social en el Siglo XXI. De lo que he podido observar, el manifiesto revolucionario de nuestra juventud podría encapsularse más o menos en las siguientes líneas.

Yo, joven del Siglo XXI, creo en mí mismo, en la capacidad creativa del hombre, en el progreso y el cambio. Soy artífice de mi propio futuro, libre para soñar y llevar a cabo mi proyecto personal de vida, con responsabilidad y entrega. Mi caminar en esta tierra no será linear, sino una flexible trenza que integre lo profesional, lo social y lo afectivo. Anticipo vivir una larga, sana y plena existencia durante la cual realizaré mis potencialidades en distintas áreas.

Represento la cultura de la vida. Cada ser humano tiene igual derecho que yo a soñar y desarrollar su particular vocación, desde su concepción hasta su último aliento. Su vida, como la mía, es un don precioso; la debo abordar como sagrada, y respetarla y protegerla.

Soy ciudadano del mundo. Hablamos hoy de una “familia humana” pues escasas fronteras políticas, sociales, lingüísticas o de edad impiden mi amistad y relación con otras personas, dondequiera que estén. Nos une más de lo que nos separa. Veo en cada prójimo un compañero de vuelo, un potencial socio comercial, y ante todo una fuente de estímulo, valiosa información y trabajo.

El mundo es mi aula; he trascendido las estructuras que caracterizaron la educación formal por siglos. Desarrollo destrezas y juicio crítico y moral, en vez de memorizar información, pues cualquier dato estará a mi disposición con sólo oprimir un botón. Aprendo a aprender con todos mis sentidos y para toda la vida. Pienso, cuestiono, exploro, pienso.

Soy un ser social, y soy móvil. Elijo la comunidad social y política en la que quiero vivir, buscando un entorno que satisfaga mis parámetros de “calidad de vida”. Quiero ser ciudadano involucrado y participativo en una floreciente sociedad; no quiero ser súbdito de un Filósofo Rey paternalista, por bienintencionado que éste sea.

Soy tolerante. La diversidad de cultura, idioma, tradiciones y religión es fuente de riqueza, y jamás debería alimentar la conflictividad. Como fiambre y sushi. Abrazo las ricas tradiciones de mis antepasados pero mantengo apertura hacia las extranjeras. No estoy anclado en el pasado y no comparto una angosta y xenofóbica concepción de identidad.

Soy optimista. Podemos solucionar los grandes desafíos de la humanidad. La innovación descentralizada resuelve a diario problemas de hambre y pobreza. Eventualmente derivaremos las barreras a la creatividad e inventiva humana que han erigido generaciones pasadas con sus rígidos y empobrecedores sistemas políticos y económicos.

Artículo publicado en el diario guatemalteco "Siglo XXI", el día miércoles 20 de octubre 2010.